Un ‘mustang’ viejo en Mexicali, un bote de pintura en Calexico

La Prensa Sonora
2019-04-07

EL PAÍS

Abril 07 del 2019.-En las ciudades fronterizas, cruzar al otro lado define la vida de los vecinos. Mexicali no es ninguna excepción. Las amenazas de cerrar el paso inquietan, pero acaban por ignorarse.

Todavía no sabe cuando, pero Luis cruzará a Calexico en algún momento la semana que viene. Ya llegó la alfombrilla que estaba esperando para el corvette y debe ir a buscarla a su buzón de correo en la ciudad vecina. No es para él, se la pidió un amigo de Ciudad de México. Él ni siquiera conoce el carro, pero siente debilidad por los coches antiguos. No supo decir que no. Además, no le cuesta nada. Cruzará de todas maneras a echar gasolina.

Con 70 años, el profesor Luis Cruz maneja una camioneta de color rojo, una ford de ruedas grandes como orejas de elefante. Es el dueño de la calle en Mexicali, el rojo reluciente de la carrocería regalando destellos y él, bajo su sombrero, hablando de los carros que tiene, los carros de colección, dos joyas que guarda en el garaje de su casa. "El mustang me lo compré cuando estaba en la universidad. Es del 64 y medio", dice orgulloso. "El austin es del 61. Lo dejaron botado unos gringos en la carretera de Tijuana a Rosarito. Yo lo vi y me lo llevé. Luego busqué a los gringos, pero me dijeron que me lo quedara", cuenta.

La gasolina en Calexico rinde más, eso dice Luis. Veterano de mil guerras en la frontera, Luis es un pensionista de clase media, originario del Valle de Mexicali. Creció entre árboles de mezquite y campos de alfalfa. Jugó beisbol. Cuando llovía, batallaba con sus amigos a pelotazos de barro. "Era todo muy bonito", dice.

Flaco y erguido, el cabello gris, tieso como alambre de púas, Luis dirige su monstruo bermellón por una avenida ancha del centro. Aquí aún hay viandantes, la frontera está cerca y muchos cruzan caminando. Pero medio kilómetro más adelante nadie da un paso por la calle. No es cosa del calor, Mexicali goza estos días de un estupendo clima primaveral. A la sombra incluso hace fresco. Simplemente, nadie lo hace. Pudiendo ir en carro, no es algo que a alguien se le ocurriría. El profesor gira a la derecha, luego a la izquierda. Calles anchas, ni un árbol. Al fondo aparece una cadena de montañas pardas como perros callejeros. Luis llega frente a una verja de ladrillo y malla ciclónica, aprieta un botón del llavero y la puerta del garaje se abre. Vamos, invita.

Mexicali es la capital de Baja California, la hermana mayor de Tijuana, la hermana flaquita, callada. Si las garitas de Mexicali registraron en diciembre el cruce de

poco más de un millón y medio de personas, en Tijuana fueron casi tres. Mexicali carece de la fama de la ciudad costeña. Influida por sus logros, trata de atraer el turismo, de ahí los esfuerzos por arreglar el centro, el barrio fronterizo. Han plantado algunos arbustos y pintado algunas fachadas.

Desde hace unas semanas, Mexicali se ha convertido en la tercera puerta de entrada de migrantes que vuelven de Estados Unidos. Que Estados Unidos devuelve, más bien. En marzo, los gobiernos de ambos países acordaron que los centroamericanos que lleguen pidiendo asilo esperarán su cita en México. La ciudad se unía así a Tijuana y Ciudad Juárez, canalizadores tradicionales de los migrantes que buscan vida en el norte.

Acostumbrados a trabajar con cierto desahogo, los albergues de Mexicali esperan una avalancha de migrantes estos días. Oída la retórica del presidente de EE UU, Donald Trump, la crisis parece inminente. Pero la avalancha de momento no llega.

En el albergue Alfa y Omega, a metros del paso fronterizo, Santos Núñez, de 47 años, apura una sopa de sobre en la cocina. Santos viene de Pespire, en Honduras. Trabajaba de guardia de seguridad, custodiaba contenedores de mercancías. Salió de allá en diciembre. Su empresa le despidió después de que él se negara a volver a El Guasaule, en la frontera con Nicaragua. En el último viaje les trataron de asaltar. Hubo una balacera. Un compañero resultó herido. "Luego nos llegaron amenazas en El Guasaule", dice. Allá tenían su base. Traían contenedores a la frontera, los entregaban, llevaban otros de vuelta. En la base, después del tiroteo, les amenazaron. Les dijeron que les iban a matar por evitar el asalto. Ya no quiso volver y el 23 de diciembre le liquidaron. "Me despedí de mi papá, comimos tamales por navidad y el 26 me fui".

Santos llegó a la frontera a mediados de marzo. Era la tercera vez que intentaba cruzar, las dos anteriores hace ya 15 años. "En aquel tiempo cruce con coyote, por Nuevo Laredo, pero me agarraron". Ahora quiere hacerlo legal. Cruzó y se entregó, pidió asilo. Atendiendo a la nueva política entre vecinos, las autoridades de EE UU le mandaron a Mexicali a que espere su cita, que será el 1 de mayo. Fue el primer migrante que devolvieron así.

 Ahora ya son varias decenas, muchos niños. Se apuntan en las listas de migración mexicanas, estos pasan los datos a sus colegas del otro lado y mientras los migrantes aguardan. Mexicali, una sala de espera.

Inventar la frontera

En Lugares Fuera de Sitio, Sergio del Molino habla de la frontera entre España y Francia como de un territorio inventado. En el siglo I antes de Cristo, Pompeyo dotó de identidad a las pueblos de los montes Pirineos. Al describir y conquistar a los montañeses, otorgó conciencia colectiva a una región. "La conciencia suele ser un señalamiento del otro, rara vez una iluminación del propio yo. Nos definen los demás, nunca nos autodefinimos".

Las caravanas de centroamericanos de finales del año pasado convirtieron a todo México en territorio fronterizo. De Chiapas a Chihuahua, el país ya no era solo un país, era también una enorme garita aduanal. Es cierto que hay migrantes cruzando desde hace décadas, pero el volumen de las caravanas y la cobertura mediática que obtuvieron destruyeron el paradigma anterior. Las exageraciones de Trump hicieron el resto. Las caravanas parecían tan grandes como el país entero.

En la frontera, el cruce de los vecinos, habitual, pausado, rutinario, convive ahora con el rumor del desastre, fronteras que cierran, caravanas de proporciones inmanejables. Anette Cruz, hija del profesor Luis Cruz, es mercadóloga y trabaja en Calexico. Va y viene todas las semanas. Usa una app, Bordify, que maneja los tiempos de cruce en las dos garitas de Mexicali. "Ayer había dos horas", dice, "pero miré la app y vi que en la otra eran 15 minutos. Así que fui por el otro lado". Mientras Nuevo Laredo o Ciudad Juárez han registrado colas kilométricas esta semana, en Mexicali, dice Anette, todo era normal.

Mientras Anette cruza de nuevo, esta vez para sacar dinero, Luis pone rumbo a su casa, a los carros. Están los dos en el patio, que hace de garaje. Su casa es una construcción de una planta, humilde, grisácea, no hay resto aquí de la exuberancia del valle de su infancia. Destapa el austin enseguida, el mustang casi a regañadientes. Presumido, dice que le falta una capa de pintura. Va perfecto, pero le falta la pintura. La comprará en Calexico ahora que cruce por la alfombrilla del corvette. Luis gira la llave del austin. Sale conduciendo.

Las amenazas de cerrar la frontera parece que le resbalan. No van con él, no le hacen sentido. "Mi papá era bracero", dice. "Yo tuve la suerte de que él me llevaba mucho. A veces íbamos a cazar conejos. No sabías donde estaba la frontera. Aquí en Mexicali había una garita de madera, pero nada más. Te podías cruzar como si nada porque era una necesidad de ellos".

Luis estudió el bachillerato en Sacramento, en el norte de California. "Me fui con un hermano que vivía allá", dice. ¿Cómo sacaste el permiso? "Nada más fui a la garita y lo pedí, me lo dieron en una hora", dice. Una hora para un permiso de tres años. Eran otros tiempos, claro. En el asiento del copiloto, Luis explica cómo frenar un carro de hace 59 años. "Pisa varias veces", dice, "al final frena". Luis murmura que ahora que cruce tendrá que comprar refacciones para cambiar los frenos.

 

 



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